Hace 69 años, cuando Japón ya estaba aniquilado, EEUU lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki.

HAROLDO QUINTEROS. 15 / 08 / 2014.

¿ERA NECESARIO EL HOLOCAUSTO ATÓMICO?

Mes de agosto, mes de recogimiento. La Humanidad recuerda este mes el holocausto atómico. Toda la propaganda en favor de su justificación ha sido inútil, pues ya no cabe duda que era evitable, además de innecesario. Cuando terminaba la II Guerra Mundial, en agosto de 1945, cientos de ciudades ya habían sido arrasadas en Europa y Asia, y unos 40 millones de seres humanos habían perdido la vida. Sin embargo, la destrucción de Hiroshima y Nagasaki es más que eso. Se trata de la decisión de usar la fuerza más brutal –“diabólica,” como la llamó el propio Oppenheimer - descubierta por el hombre, con el fin de matar a sus semejantes, el átomo. En verdad, no hay explicación posible para el crimen más horrendo que jamás se haya cometido de una sola vez en toda la historia, excepto la inescrupulosidad política. Vamos a los hechos: El equipo de científicos que fabricó la bomba atómica estaba casi enteramente compuesto por judíos, dirigidos por Julius Robert Oppenheimer. Como éste lo declaró años antes y poco después de su fabricación, su fin era lanzarla sobre Alemania, jamás sobre un lugar poblado, y sólo para detener el exterminio nazi del pueblo judío. Por lo tanto, vencidos los alemanes por los rusos en mayo de 1945 y salvados los judíos que sobrevivieron, ese objetivo era nulo. ¿Por qué, entonces, se lanzó la bomba en Japón tres meses después? El Presidente de EEUU Harry Truman adujo que las bombas se lanzaron para “evitar la pérdida de más vidas estadounidenses” (sólo de soldados, obviamente). Nada más falso. En la irracionalidad de toda guerra, los cálculos de bajas militares ya estaban hechos. Japón ya estaba prácticamente derrotado, y resistía sólo en Manchuria (al norte de China), en pos de una rendición pactada, no total. Si bien el mayor esfuerzo de guerra contra Japón lo realizó EEUU, su aliada, la ex-Unión Soviética (URSS), lo hizo contra Alemania. Entonces, “el trato de caballeros,” aunque no enteramente escrito entre rusos y anglo-estadounidenses en Yalta (febrero de 1943, cuando ya se sabía que el Eje sería vencido), era repartirse Alemania, lo que se hizo en mayo de 1945. La repartición de Japón vendría después, si los rusos, de acuerdo al artículo Nº 8 del tratado de Yalta, después de vencer a los alemanes, partían al Este en apoyo de EEUU contra los nipones. La URSS cumplió su parte. Aceptó la división de Alemania, y exactamente tres meses después, invadió Manchuria, iniciando negociaciones con los japoneses para su rendición. Sin embargo, EEUU había decidido impedir la partición de Japón, y para esto, los nipones debían rendirse sólo a ellos. Los rusos no podrían hacer nada, porque “el matón del barrio” era en ese momento el único posesor del arma atómica. Pues bien, el 6 de agosto EE UU la lanzó sobre Hiroshima. De acuerdo al propio Tratado de Yalta, evidentemente eso fue innecesario, porque los rusos estaban a horas de acabar con el último enclave japonés, para luego proceder a la partición de Japón. Después del bombardeo atómico de Hiroshima, ocurrió, sin embargo, un hecho que EE UU no esperaba: Japón no se le rindió inmediatamente, probablemente en espera del obvio acuerdo ruso-estadounidense sobre su destino. Trágica fue esa vacilación. 72 horas después de Hiroshima, cuando los rusos ya habían liquidado el último bastión japonés, una segunda bomba atómica fue lanzada. Cayó sobre Nagasaki, otra gran ciudad. Japón, entonces, se rindió a EEUU. Japón era el único país desarrollado de Asia, y su proyección política y económica en Oriente lo hacía una presa tan o más suculenta que Alemania. Para EE UU, con apenas dos bombazos atómicos sería suya. Y así fue. Japón fue ocupado sólo por EEUU, territorio del cual los rusos, como con Alemania, sólo reclamarían una tercera parte. Esa es la verdad histórica.



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